Deleitarse con un concierto de música de cámara bajo los hermosos arcos renacentistas de un hospital, pedir información en las antiguas escribanías de fachada plateresca o dormir en un palacio del siglo XVI con vistas a inmensos campos de olivos son algunas de las bondades de estas dos ciudades. EL Renacimiento les regaló dos de los conjuntos monumentales más importantes de Andalucía.Ambas aportan las señas de identidad de un singular estilo que bebió de las culturas islámica y cristiana y que introdujo los ideales humanistas en forma de palacios, iglesias, capillas funerarias, universidades e instituciones públicas que representaban los poderes económico, político, religioso y cultural del reinado de Carlos V.
Los nobles de la época, buscaban la fama a través del mecenazgo artístico para perpetuar su nombre, como hizo el secretario del emperador, Francisco de los Cobos, que eligió a Andrés de Vandelvira como arquitecto de una de las familias andaluzas más poderosas para llenar su Úbeda natal de edificios que asimilaban el nuevo lenguaje clasicista.
El camino hacia Baeza son campos de olivos enmarcados por las montañas de Sierra Mágina. Más tranquila que su gemela, Baeza perdió las murallas por orden de Isabel la Católica, pero conserva un casco antiguo lleno de iglesias y palacios que se reparten a un lado y otro de la calle de San Pablo y del paseo de la Constitución, a dos pasos de la fachada plateresca del Ayuntamiento.
